El Capitán Matagallinas

La vegetación en su esplendor del verano

Perico y el Capitán Matagallinas

 

Estaba el grupo de amigos deambulando desde las 5 de la tarde, ya estaban aburridos de hacer más o menos siempre lo mismo, así que empezaron a elucubrar sobre lo que podrían preparar para ese día.

 

Había en las cercanías del pueblo una familia que vivía en la granja que tenían y de donde se proveían para subsistir, cultivar los campos, mantener los árboles frutales en perfectas condiciones para su posterior recolección.  

Como es natural también tenían animales, tales como patos, gallinas, ovejas, cabras,  un par de vacas y un cerdo.

Lo que a los ojos de la mayoría de los vecinos eran una familia afortunada, pues gracias a su esfuerzo y trabajo podían comer y vender sus productos en la plaza del pueblo los miércoles, que era el día de mercado.

 

Como es natural, el señor Jacinto, vigilaba sus pertenencias, para que nadie se aprovechase de su trabajo y del pan de sus hijos.

 

En una ocasión Perico y sus amigos decidieron pasar por el huerto y dedicarse a  “tomar prestadas” unas manzanas. A consecuencia de esto podrían tener algo que llevarse a la boca, sin depender de lo que hubiera en sus casas. El caso es que aunque estaban en la parte más lejana a la casa del señor Jacinto, el perro que tenía de guardián de sus animales, empezó a ladrar furiosamente, avisando a su amo que había alguien extraño en la propiedad.

 

El señor Jacinto, ni corto ni perezoso, cogió su escopeta (la usaba para cazar conejos) y salió pitando siguiendo a su perro, que le indicaba el camino por donde sentía la alerta.

 

Según se estaba acercando y a consecuencia de los ladridos del perro, los chiquillos se percataron de que tenían que salir por piernas, si no querían pasarlo realmente mal.  Los que estaban en la parte alta de los árboles se bajaron rápidamente y los otros, que eran los que llevaban las manzanas, empezaron a correr como alma que se lleva el diablo.

 

En esta ocasión pudieron huir, pero el señor Jacinto había reconocido a algunos de ellos, por lo que aunque no los pudo coger, fue a casa de los padres de los que había visto para acusarlos de lo que habían hecho.

 

Como era natural, los padres de todos creyeron totalmente las palabras del señor Jacinto, así que todos, sufrieron las consecuencias de sus actos. 

 

Algunos fueron un par de cachetes y el castigo de no poder salir a jugar con el resto, durante una temporada, pero a Perico, como era habitual, le recibió su padre con la consabida paliza con el cinto y esa noche sin cenar.

 

Pues como consecuencia de esto, el grupo de amigos, sentía bastante rencor hacia el señor Jacinto, por lo que esa tarde que no sabían qué hacer, se les ocurrió que podían hacer una visita a la granja del señor Jacinto y ver qué le podían quitar.

 

En esta ocasión fue al nuevo del grupo, a Antonio el que tuvo la idea de ir a robarle los huevos del gallinero, pero no obstante, tenían que ingeniar cómo despistar al perro.

 

Tenían que trazar un plan y estaba claro que tendrían que hacerlo otro día, ahora había que planificar lo que podían hacer.

 

Después de plantear varias cosas, decidieron que uno de ellos se ocuparía del perro, para ello intentaría atraerlo con algún conejo que pudieran atrapar en el campo y llevárselo de allí, mientras tanto, Antonio con unas pieles de oveja  que su padre tenía en la casa se cubrirían, para así con ese pelaje, no llamar la atención de nadie y acercarse al gallinero.

 

Pues dicho y hecho, a la tarde siguiente ya estaban con la aventura, solo que hubo un cambio, no había pieles de ovejas para todos y como el padre de Antonio tenía una de un oso que había cazado hace algún tiempo, también la cogió y decidió que se la pondría él si era necesario.

 

Así fue transcurriendo la historia, llegaron al gallinero y empezaron a robar los huevos de las gallinas, las que, ni se inmutaron, hasta que de repente, entró Antonio con la piel y cabeza de oso, por encima de su cuerpo, fue una tontería, porque ya no era necesario, pero por hacer la gracia se la puso y ahí es donde empezó el sambenito.  Las gallinas al ver semejante animal y como lógico afán de supervivencia empezaron a corretear como locas, queriendo huir de semejante peligro.

 

Se organizó tal follón que el gallinero era un caos, porque los chicos no sabían qué hacer para contener ese espanto de plumas volando, huevos que se rompían, algunas de ellas caídas con las patas para arriba, como si les hubiera dado un colapso….., terrible situación para ellos que estaba claro que no era lo que pretendían, pero ocurrió.

 

No tengo que contar las consecuencias de estos actos, que casi terminan en el cuartelillo de la guardia civil, pues los daños ocasionados fueron graves. Muchas gallinas estuvieron durante mucho tiempo sin volver a poner huevos y otras ni siquiera pudieron hacerlo, solo sirvieron para hacer un buen caldo.

 

Gracias a las influencias del padre de Antonio, no terminaron en un correccional, pero sí que les aplicaron durante el resto del verano, trabajos de ayuda en el pueblo, entre otros colaborar con ellseñor Jacinto a trabajar sus campos y cuidar del ganado, cosa que en un principio no era muy del agrado de este buen hombre, pues los temía más que a un nublado, pero lo aceptó.

 

Por este verano se acabaron las batallitas de esta panda de amigos,  no sin antes bautizar a su amigo Antonio, entre ellos claro, como “El Capitán Matagallinas”