PERICO

Erase una vez un pueblo

Aventuras de Perico

 

Perico se dirigía a casa a toda velocidad, no se había dado cuenta de lo tarde que se había hecho y estaba claro que cuando llegara, le zurrarían, seguro.

 

Vivía en un pueblo ni muy grande ni muy pequeño y en donde todo el mundo se conocía, algún vecino que le veía correr, sonreía para sus adentros, sabía que el chaval pasaría un mal rato si no llegaba a tiempo a casa.

 

En casa de Perico no se nadaba en la abundancia precisamente, eran bastantes hermanos y con lo que el padre ganaba en su oficio, en un pueblo de ese tamaño, no daba para mucho, así que se economizaba al máximo.

No solo en el invierno, si no que en todo tiempo, para poder encender el fuego para cocinar y para mantener la casa caliente, lo que tenía que hacerse era ir por el campo recogiendo las “boñigas” secas de las vacas, porque eran buenas para mantener el hogar encendido y dar calor. Pues eso es lo que tenía que hacer Perico todos los días antes de llegar a su casa.  Sus amigos le ayudaban.

 

Ese día había estado jugando con su panda de amigos, se lo estaban pasando tan bien, que ni recogieron las boñigas,  ni dejaron de jugar hasta que ya la noche se les echó encima.  Después fue la desbandada, todos corrían apresurados, habría bronca en sus respectivas casas..

 

Ese día en concreto, Perico y sus amigos habían estado inspeccionando unas galerías subterráneas que habían descubierto el día anterior al asomarse a una cueva que había entre unos arbustos en la orilla del río. Llevaban tiempo buscándola y no habían tenido suerte. Ahora que ya la habían encontrado, era la oportunidad.

 

Consiguieron fabricarse unas teas para que cuando se metieran más profundamente pudieran prenderlas y ver lo que había, no habían pensado qué  encontrarían, pero cada uno de ellos se había montado su idea de lo que podrían descubrir  y como era natural, lo único que se encontraron fue con muchos murciélagos y el suelo lleno de la porquería propia de esos bichejos, más el susto cuando sobrevolaban por encima de sus cabezas.

 

Corría alguna que otra historia por el pueblo, que decía  que había subterráneos que llevaban desde allí hasta otro pueblo más cercano, donde había un castillo ya en ruinas y que estaban preparados para que los duques que vivían en tiempos atrás pudieran huir en caso de peligro.

 

El caso es que como consecuencia de esta excursión a la cueva, se les pasó el tiempo y todos llegaron a sus respectivas casas tarde.

 

Lo peor fue para Perico, su padre no se andaba con contemplaciones, rápidamente se quitaba el cinturón y se liaba a darle correazos hasta que le venía en gana.

 

Además esa noche no le daban la cena, no solo no había llevado lo encargado, si no,  que había mantenido a la familia en vilo sin saber qué le podía haber pasado.

 

El pobre Perico se pasó la noche sin dormir y no por los dolores de la paliza de su padre, si no por su tripa que rugía que daba miedo.

 

Después de esta experiencia, andaba más que atento a que no le volviera a pasar lo mismo, pero como es natural y propio de la edad, trastadas para quedarse sin cenar hubo alguna que otra, así que tomó la decisión de que si en otra ocasión llegaba tarde, ya se buscaría la maña para comer algo antes de llegar a casa.

 

En estos meses  iniciales del verano llegó  Antonio, era un chaval de la misma  edad, nieto de una de las familias que mejor vivían en toda la provincia y que parecía ser que necesitaba un cambio de aires, así que le llevaron al pueblo.

 

Ni qué decir tiene que él nos miraba por encima del hombro, pero nosotros con condescendencia, como diciendo, pobrecito, no sabe dónde se ha metido…..¡¡¡

 

Pues para ser sinceros, los que más interés tenían en conseguir llamar su atención eran Perico y sus amigos, pues querían saber cosas de la vida en Madrid, que es de donde procedía.

 

A los pocos días ya estaban merodeando alrededor de la casa para ver si conseguían atraer su atención.  Esta estrategia dio resultado, porque al cabo de una semana una de sus tías les preguntó si querrían que su sobrino les acompañara a jugar y ellos, como era de esperar dijeron que sí.

 

Después resultó ser un amigo encantador y que soportaba todo lo que le hacían en la panda, con tal de tener su afecto. Pero enseguida se creó un clima de amistad sincera que duró por los tiempos en que compartían sus veranos y su juventud.

 

En una ocasión, decidieron que debían de ir a buscar huevos en esos nidos de aves tardías que en el principio de verano todavía no han salido los polluelos, así que los que ya conocían mejor las zonas por donde podían estar, dirigieron la expedición.

 

Ese día en concreto a Perico le hicieron salir con su hermana pequeña a cuestas. Una pequeñaja de cuatro años que no dejaba de protestar y decir en todo momento que estaba cansada y que no quería caminar. Así que entre todos la iban llevando a hombros.

 

Lo divertido de esta situación fue que precisamente había un nido en la copa de un árbol, que no es que fuese muy alto, pero para ellos, con su estatura sí que lo era.  Así que dudaban en quien debía de ser el que escalara para coger los huevos de ese nido. Entre dimes y diretes, al final hicieron una especie de sorteo y le tocó a Perico, pero para su mala suerte, su hermana no quería que la dejasen allí abajo, así que allá va el chaval, pone a la pequeña en sus hombros y tiró hacia arriba con ella.

 

Todo fue bien en la subida, cuando llegó a lo alto descubrió que había 8 huevos, algo insospechado, generalmente no pasaban de cuatro, ahora bien, teniendo a su hermana a la espalda y teniendo que utilizar sus manos para poder bajar tenía que pensar y rápido cómo podía hacer para de llevárselos para repartirlos entre sus amigos.

 

Como pudo, metió algunos en los bolsillos y un par de ellos se los puso en la boca, eran muy pequeños, así que le cabían.

 

Comenzó el descenso y en ese momento,  la pequeña empezó a moverse y querer soltarse de su hermano, ocasionando en él un desasosiego enorme , temiendo que se cayera y pudiera hacerse daño, por lo que al intentar sujetar a la pequeña, se escurrió y cayó resbalando a lo largo del tronco y con suerte, cayó de pie y a la niña solo le quedó el susto. Sin embargo Perico si tuvo consecuencias, aparte de romper  los huevos que llevaba en los bolsillos, los que llevaba en la boca también. Por ventura no se tragó los polluelos que estaban casi a punto de nacer.

 

Después del susto, todo el grupo se partía de la risa y la niña llorando, un espectáculo digno de verse.

 

El disgusto, como siempre, llegó después. Al llamar a la puerta y abrir su padre, ya vió en su expresión, que esa noche tampoco cenaba.  Menos mal que últimamente, el nuevo amigo Antonio, llevaba siempre un zurrón con algo de pan y cualquier tipo de embutido de la tierra, listo para compartirlo con sus nuevos amigos y por lo menos a la cama no se iría con el estómago vacío.