El coche de capota

Más o menos así era mi sueño. Tenía las ruedas más grandes.

 

En mi infancia, tenía una amiguita que tenía de todo tipo de juguetes.

De esos que solo veía en una tienda que había enfrente de mi casa y que era un primor, ver esas colecciones de múñecos, cocinitas, coches de capota…..

Esta niña tenía, una casita de juguete donde ponía los muñecos del tamaño adecuado, además tenía un aula con sus alumnas, profesora, pupitres…., era una chulada.

Pero para mí, lo más de lo más era el coche de capota, eso me tenía alucinada, aunque en esa época esa palabra no se usaba para lo que se utiliza ahora.

Como consecuencia de eso, en mi carta a los Reyes Magos siempre pedía el dichoso cochecito, y como era natural, nunca llegó.

Como es de suponer, en esos años en mi casa no se nadaba en la abundancia y podía darme por satisfecha con que me llegara un llorón, que así se llamaban esos bebes con su faldón, tan bonito, que estaba hecho no de plástico como ahora, si no que era todo de cerámica, el caso es que tenías que tener un cuidado exquisito para que no se rompiera. En el supuesto de que se le averiara los párpados, o se le salía un brazo, pierna o lo que fuera, se le llevaba a la tienda de enfrente de casa, donde los arreglaban. Hoy se tiran.

Volviendo al tema de los regalos de reyes, en una ocasión me llevaron un jeep y una pistola con un palo que en su extremo tenía una ventosa. Este palo se introducía en el cañón y se disparaba el palo. A mí eso ni pizca de gracia que me hacía, pero en definitiva, como en mi casa no había niños varones, solo yo, pues me regalaban algunas veces juguetes que eran básicamente para niños y entonces los que jugaban eran mi padre y mis tíos.

También recuerdo con cariño un regalo que me hicieron mis padrinos y que era un “comedor”, con su aparador, con los platos de adorno, su mesa y sus sillas, todo en miniatura.  Una preciosidad, pero también un peñazo cada vez que había que limpiar el polvo, pues esa labor cotidiana, me tocaba a mí y como estaba puesto encima de un mueble de adorno, ahí me tienes aborreciendo el tener que dejarlo sin mota de polvo.

En otra ocasión me regalaron un muñeco pequeñito de porcelana, no sería más grande que la palma de una mano de adulto. Venía en una caja con una serie de vestiditos de bebé para poder cambiar su ropa.

En cuanto llegaba del colegio, ya tenía 10 años, me dirigía a por la caja y poder jugar un rato, pero un día, ¡ay ¡ sopresa, una de mis hermanas lo habían cogido y le había roto la cabeza, en mil cachos, sin posibilidades de arreglo. Vaya disgusto que me llevé.

Pues volviendo al tema del coche de capota, diré que sí que lo conseguí, pero cuando ya tuve 33 años, cuando nació mi cuarto hijo, una amiga, me dejó el que ella tuvo para llevar a sus hijos, así que al final todo llega, aunque no sean los Reyes quienes te lo traigan.

Recuerdo que un día y no muy lejano, cuando hablando en una reunión familiar en la que estaba también mi madre, comenté esta circunstancia,  se ofendió porque creía que le reprochaba el no haber tenido el coche.  De sobra sabía yo que era debido a la situación económica.

Después de esta historia de Noches de Reyes, tengo que decir quién me desveló la gran verdad…., pues precisamente la niña que tenía de todo.

Otro dia volveré a contar historias sobre las noches de Reyes.