Un doloroso recuerdo

Ayer, mi nieto pequeño cumplió sus cinco años.

No sé por qué se me ha venido a la cabeza cuando los cumplí yo.

De ese día solo recuerdo, que mi madre me puso un vestido muy bonito, me llevó a un estudio para hacerme una foto, en la que parezco una muñequita.

Después fuimos al hospital para que mi padre pudiera verme, estaba en esas fechas ingresado allí.  No era normal que dejaran a los niños entrar en estos sitios, pero hicieron una excepción por ser mi cumpleaños.

Desafortunadamente, no sólo para mi padre, si no que para toda la familia, su vida transcurrió entre dolores y sufrimiento. Ese sufrimiento no lo transmitía, se lo comía él solito, no quería que mi madre le viera padecer, aunque era evidente.

Siendo ya mayor y trabajando, cuando  llamaba a casa, según mi padre respondíera al coger el teléfono, sabía si estaba solo o mi madre estaba con él. 

En su soledad era cuando relajaba su disfraz de “aquí  no pasa nada”.

Aún a pesar de todo esto que digo anteriormente, mi padre nos dejó una filosofía de vida, una actitud positiva  ante la misma y muy buen sentido del humor.

Tenía una enfermedad que era desconocida para los médicos en aquella época, por lo que yo recuerdo, fue como un conejillo de indias humano, pues hacían muchas cosas para ver sí funcionaban y ninguna de ellas lo hizo.

No quiero contar estas penurias, si no lo bueno que aportó a nuestra familia.

Siempre vivió en el mismo lugar de Madrid, en plena calle de Alcalá. Su madre, mi abuela tenía una carnicería justo al lado del portal de su casa.

A mi padre le encantaba contar historias que se inventaba,  a la mayoría de sus amigos vecinos del barrio les tenía pendientes de sus cuentos. Luego lo hacía conmigo. También me cantaba esas canciones infantiles de siempre, que ahora aprovecho para cantárselas a mis nietos más pequeños.

Con respecto a lo que sentía por mi madre, no hay duda de que era el amor de su vida, estaba siempre pendiente de ella, sólo miraba por sus ojos y para sus ojos.

Mi madre me ha contado en varias ocasiones, que siendo novios, mi padre estaba enfermo, fue a visitarle el médico y allí estaba mi madre.

Les recetó determinados medicamentos que tenía que bajar a comprar enseguida. Cuando mi madre salió a la calle, allí estaba el doctor esperándola y es que quería avisarla de que la enfermedad de mi padre no tenía arreglo, que ella era joven y que sería una pena que renunciase a su vida sacrificándola por un enfermo. Aun así se casaron.

Por cierto que siempre que mi madre me habla del día de su boda hay bastante amargura y voy a decir porqué.

El año anterior a su boda había fallecido un hermano de mi padre y por tanto, su suegra, o sea mi abuela, no quería que mi madre vistiera de blanco, así que fue con un traje sastre negro con una sola nota de color blanco y que era una cinta de ese color en el sombrero que llevaba. (Cosas de la época) Dice que hoy no lo hubiera hecho.

Otra situación fue que teniendo ya concretada con la iglesia la fecha y la hora, los desplazaron a otro altar de esa misma iglesia, oscura y sin ningún tipo de decoración. Y por qué?  Pues como consecuencia de que se celebraba un funeral de alguien que debió de ser importante, tenían que cambiar de altar. No olvidemos que eso ocurría en 1949, cuando la situación en España era otra muy distinta.

Mi padre era un buen jugador de cartas, jugaba al mus y a todo lo que se le pusiera por delante, pero sobre todo le gustaba jugar al dominó. En aquella época había bastantes bares por el barrio donde los hombres se juntaban para echar la partida y tomarse un café. Allí celebraban sus tertulias. Poco a poco esos bares fueron cerrando, unos por estar situados en lugares muy estratégicos para los bancos y otros por cambio de negocio, el caso es que hoy no hay nada de lo que hubo, solo permanecen las dos farmacias y una droguería, de todo lo demás nada existe.

Hablando del juego del dominó, en una ocasión en que estábamos en la playa en Punta Umbrìa (Huelva) se organizó una partida que comenzó sobre las once de la mañana, pararon para comer y continuaron hasta las 8 de la noche. Un verdadero maratón.

Cuando mi padre murió, yo estaba embarazada esperando a mi tercera hija, a Esmeralda. Por lo tanto no se conocieron, sin embargo cuando mi niña empezaba a hablar, un día al levantarse por la mañana, nos dijo que mi padre le había enseñado a jugar al dominó. No habíamos hablado nunca de eso y aun así la niña nos contó eso. Siempre nos quedó la cosita de que mi padre de alguna manera se había dirigido a ella.

Como suele pasar en los casos en que en una familia solo hay hijos de un mismo sexo, había mucha guasa por eso y en mi casa éramos cuatro las hijas. Pues a pesar de eso mi padre era feliz con sus cinco mujeres. 

Cuando yo estaba esperando a mi primer hijo, mi padre insistía en que sería una niña, apostaba lo que hiciera falta y así ocurrió, llego mi niña Esther.  Pues esta nieta para él fue otra de las mejores noticias que tuvo. Su “Techu” como le gustaba llamarla. 

Cuando volví a estar embarazada y nació mi niño Luis, todos esperábamos que él se pusiera tan contento, para nuestra sorpresa no fue así, sin embargo mi madre se puso como loca, con su “Güichi” , posteriormente fue conectando más con él, pero con Esther era pasión.

La lástima, entre otras muchas cosas, es que no haya podido llegar a conocer al resto de sus nietos y nietas.

Dicen que la mejor manera de que una persona no desaparezca del todo es tenerlos en nuestro corazón, hablar de ellos y pensar en ellos.

Por supuesto que en este pequeño relato de hoy no puedo expresar todo lo que mi padre significó para mí, pero me apetecía contarlo. No sé si volveré alguna vez de nuevo sobre este tema, pero lo que es seguro es que a partir de hoy quedará escrito algo de su proyección en mi vida y lo podrán leer mis nietos y saber algo de su bisabuelo.