17. mar., 2018

La importancia de llamarse.....

Ahí está la cuestión.

Cuando nací me bautizaron con el nombre de María Esmeralda.

No obstante, en mi casa, familia y amigos mi mombre era el de Mari.

Sin embargo, cuando iba al colegio o al instituto, me gustaba que me llamaran Esmeralda.

Cuando empecé en mi primer trabajo en Uralita, allí relegué el Maria y me quedé solo con el Esmeralda. 

Como consecuencia, se puede decir que tenía dos vidas, la de Mari y la de Esmeralda. 

Poco ha poco mi vida con el primer nombre ha quedado exclusivo para esas amistades de siempre,  mi hermana y sobrinos. 

Lo cierto es que cuando era muy cria Esmeralda no me hacía ni pizca de gracia, me hubiera gustado llamarme Elena, por ejemplo.

Después descubrí lo que  era sentirse diferente, ya que no había más personas con el mismo nombre que yo en mi entorno laboral, así que salvo en los casos en que me llamaban Esperanza, todo quedaba claro. 

Fijaros si estaba a gusto con mi nombre, que una de mis hija se llama así y además amadriné a otras dos personas igual que yo. 

Aparte de estos dos nombres de mi vida, había quien me llamaba de diferentes maneras, Marujilla, Esmeraldilla, Esmeraldina o el que más estimo: Maruchi, porque me así me llamaba esa familia entrañable para nosotros. 

Así que no os sorprendais cuando oigais MARUCHI.