12. ene., 2019

Cuando un amigo se va

Ahora comprendo un poco mejor a mi suegro Benito y os contaré porqué.

El abuelo, cuando volvía a su pueblo a pasar las vacaciones o ya el tiempo que quisiera ir, le informaban del fallecimiento de aquél o aquella, que él había conocido y tratado con ellos en su vivencia en Piedrahita.

Entónces, no sólo se ponía triste por su marcha, si no porque significaba, que cada vez quedaban menos de esos amigos y porque su partida estaba cada vez más cerca. 

En este año que nos ha dejado, no solo me falta la persona que me dió el ser, si no que también ese amigo entrañable de hace 40 años. Tuvo la fortuna de irse sin sufrir, como él quería y así me lo había dicho una semana antes. 

Aún así fué un gran golpe en mis sentimientos, ya por si sensibles. 

Ya se fué su mujer, después de esa triste y dolorosa enfermedad. Ella fué la que me dió fuerzas para hacer un cambio en mi vida, con su valentía afrontando su situación. 

Después de esto, analizas y te das cuenta de que ya tienes 68 años, eres la mas mayor de la familia, y aunque ahora somos más longevos, la fecha se acerca y nunca estamos preparados para decir adiós a los nuestros. 

También es cierto que empezamos a morir desde que nacemos y que a la vuelta de la esquina o en tu propia casa, puede llegar ese adiós definitivo.

Solo pretendo desahogar un poco mi corazón y mi mente.

Os deseo a todos un feliz año y que aunque esta entrada es un poco triste, seguiré siendo la mujer optimista y que suelo ver el frasco medio lleno.