6. jul., 2022

RELIGION

En mi familia, salvo mi abuela materna, nadie era religioso en cuanto a la práctica de los actos propios.

Nunca lo pregunté, pero como era de obligado cumplimento por la sociedad, fuimos las cuatro hermanas bautizadas, hicimos la primera comunión y cómo no también nos casamos por la Iglesia, sobre todo por lo que en esos momentos era lo adecuado y mis hijos bautizados. 

La primera vez que pisé una Iglesia, fue de muy niña y acompañando a mi abuela. Estuvimos  en Covadonga, que está en la plaza de Manuel Becerra, en Madrid.

En esa Iglesia, se casaron mis amigas y mis hermanas, a mi me tocó en otra más pequeñita. 

Cuando entré, la vi toda oscura y porqué no decirlo, un poco tétrica que a decir verdad, me asustó, menos mal que duró poco la visita, mi abuela me dijo que me arrodillase y eso hice, siempre fuí muy obediente. 

Al cabo de los pocos años, llegó el momento de la Comunión. El colegio donde estaba nos llevó al grupo a la iglesia de San Francisco El Grande, una gran Iglesia, pero igual que me pasó la primera vez que fui a la de Covadonga, estaba oscura o por lo menos así la ví. Allí hicimos el ensayo y para casa.

Al cabo de los muchos años volví, eso sí a admirar el monumento que es y la riqueza que tiene, era un día soleado por lo que por sus ventanales entraba la luz a raudales.  Es un gran edificio que merece la pena ser visitado.

Siguiendo con mi tema de la religión, después de esto, mis padres solicitaron una beca para mí y se la concedieron, eso sí para un colegio de monjas, en la otra punta de la ciudad, donde para ir, tenía que coger un autobús, cuatro veces al día. Circulaba por la Gran Vía cuando todo era esplendor de cines, carteles enormes que publicitaban la pelicula que se proyectaba en cada uno de ellos y que según el interés que demostrase la audiencia, podían tirarse meses allí. El poder ir a un cine de estreno en la Gran Vía, era todo un lujo. Solo fui una vez a ver a Marisol y cuando entré en el patio de butacas, que hoy es una tienda de ropa, quedé asombrada de ver esas lamparas que colgaban del techo, fue toda una experiencia. 

En ese colegio, como era lo natural, había que cumplir con toda la liturgia, como me pillaba demasiado lejos, no acudía a las misas que se celebraban cada domingo, por lo que el lunes nos preguntaban por el Evangelio y de qué color era la casulla que llevaba el celebrante, por lo que ya pasó a ser un ritual a cumplir cada domingo, ir a Misa con mis amigas del barrio, pero está claro que no vivía esa religiosidad, cumplía y ya está.

Lo que llevaba peor era cuando se acercaba la Semana Santa. Se hacían ejercicios espirituales, no podíamos hablar entre nosotras y las unicas lecturas que se nos permitían, eran las de caracter religioso. En esa época, mi madre empezó a creer que yo podría meterme a monja.

Ahí con lo que me gustaba y me sigue gustando leer, me empapé de todas las vidas de los santos.

No comprendía para qué servía todo eso. Tenía diez años, qué podía entender yo.

Como era de rigor, se tenía que hacer en esa semana el recorrido por las estaciones. Caminaba junto con las amigas y amigos de la pandilla, pero igual que en el colegiio, sin entender el porqué.

Otra cosa que se hacía en esa Semana, era ir al cine a ver las películas propias, tales como La Pasión de Cristo, etc., etc., Preferentemente elegía las que tuvieran algo más de aventura, porque todas esas semanas era mas de lo mismo. 

En una ocasión, no se porqué me quedé sola, probablemente bajé tarde a la cita que teníamos y no quería volver a casa, así que me metí en un cine que había en la calle de Ayala, muy cerca de mi casa, a ver una de esa pelìculas. 

Estando ensimismada viendola, un señor que estaba a mi lado, intentó sobarme, a lo que salí disparada de allí sin más historias. 

Seguí acudiendo a la Misa, mas bien por costumbre que por estímulo religioso. 

Enfrente de mi casa, había un colegio de sordomudos donde oficiaban todos los domingos una Misa, a la que nos gustaba ir, porque era todo por el lenguaje de signos, había un silencio total y sí que procurabamos ir los de la pandilla. 

Todo fué transcurriendo con ese habito, hasta que un día de verano, con un calor de narices, a las cinco de la tarde, puesto que por la mañana no habíamos podido ir, fuimos a una iglesia que estaba cerca y ahí vino mi abandono total, quizas era porque ya estaba ahí en mi fondo, pero que en ese momento se desató.

El oficiante, una vez que leyó el Evangelio, se sentó a meditar, pero porras, se quedó dormido, todos esperando a que continuase, pero nada, el buen hombre se había quedado como un cesto.

Al cabo de un buen rato, el monaguillo viendo que aquello se hacía eterno, le despertó.

Pues bien, desde ese momento, decidí que se acabó, no vovlería más a no ser que fuese por alguna ceremonia específica. 

Generalmente observamos que las personas más mayores son las que acuden más a los actos religiosos. Tengo que decir que mi madre no lo hizo. En la residencia todos los domingos se oficiaba la Misa y aunque las auxiliares la propusieron llevarla, ella nunca quiso. 

Lo cierto es que nunca le pregunté porqué, pero no es extraño, dado que la vida no fué generosa con la salud de mi padre y no tenía motivos para agradecer ni pedir nada en el sentido espiritual.