27. oct., 2015

Volviendo

Como ya os avisé, he vuelto.

Todo este tiempo he estado sin contar nada a través de mi página, por causas técnicas...., o sea que no me funcionaba el ordenador, pero ya resuelto este tema, por fín retorno a contar mis cosas, vivencias y opiniones.

En estos días venía pensando en la infancia pasada. Muchas personas hablan de ella con alegría, con buenos recuerdos de esas vivencias y he analizado la mía.

Primero voy a concretar qué periodo entiendo como infancia, por supuesto desde el nacimiento hasta la adolescencia.

Pues bien, mi infancia no tuvo nada de especial como para recordar con ilusión o alegría. Soy la mayor de cuatro hermanas, estando 6 años y medio como hija única, seguramente mimada, pero por tener una situación familiar dificultosa, debido a la enfermedad de mi padre y la supervivencia dificultosa para la familia, la vida no era precisamente para tirar cohetes.

Qué recuerdo?

Tengo en la mente las ocasiones en que mi padre me llevaba a la plaza de Manuel Becerra, cuando se podía estar en el centro de la misma, donde había una fuente y espacios verdes y allí me contaba cuentos inventados por él, fábulas y canciones infantiles que hoy les he canto a mis nietos pequeños.

También aquella vez en que fuímos al rio Alberche a pasar unos días a casa de una tía de mi madre, allí te podías remojar y pasar el día y coincidentemente una gata había parido y yo andaba como loca con los cachorros. Tan pesada estaba que al final me dieron uno, que no duró en mi casa ni una semana. Se lo llevó uno de los huéspedes al taller donde trabajaba y me quedé sin gato.

Otro recuerdo es el del episodio del pollito. Capricho de la niña, pues pollito amarillo para ella y claro, el pollo me seguía por todos lados. En una ocasión el pobre, por querer ir a donde estaba sentada comiendo, se metió en una sartén que tenía aceite que se estaba calentando, casi tenemos pollo frito para comer.....

Y si hablamos de animales, en una ocasión mi abuelo materno, me llevó una urraca, cosa fea como pocas.  Pues bien, urraca que tenía y mis padres la metieron en una especie de cuatito pequeño donde se guardaba el carbón para la cocina, mejor sitio imposible, negro el pájaro y con el carbón no se le notaba si estaba sucio o no.

El caso es que un día en que fuí con mi madre al cine, al volver el pajarito había "volado", la explicación fué que como estaba muy sucio, lo habían metido (mi padre y un tío) en la pila para lavarle y que al intentar escurrir el agua, se había muerto.... vamos que se lo cargaron sin más.

Un año por los Reyes, tuve unos regalos muy apropiados para mi padre, un jeep y una pistola con ventosa.

Pero el famoso coche de capota no me llegaba nunca.

Lo que sí tengo dentro de las cosas buenas son las veces que mi madre con mi tía, me llevaban al cine, a esas sesiones contínuas que había entónces y en las que  me empapaba de todo lo que veia.  Lo que me encantaba era, cuando al final, en las que eran de amor, se daban un beso, con mi media lengua (eso me lo ha contado mi madre) decía "san morao".

Con qué jugaba? Pues al estar sola tenía mucha imaginación, me montaba mis historias, me disfrazaba con todo trapo que pillara y tambien jugaba con las muñecas recortables, pero lo más de todo era leer los tebeos de entónces y que cada semana cambiaba en un quiosco con otros que no hubiera leído, por lo que no me faltaba nunca lectura.

Como es natural mi colegio era cerca de casa hasta que en un momento dado uno de los huéspedes de mi casa y su novia, vieron que tenía la posibilidad de ir a un buen colegio con beca, por las notas que tenía, así que empecé a ir a un colegio religioso que para ir tenía que hacerme los cuatro viajes en un autobús urbano que tardaba media hora en cruzar Madrid, cuando el tráfico era otro, pero esos cuatro paseos no me los quitaba nadie.

Esa decisión, mis padres la tomaron pensando que era lo mejor para mí, pero por otro lado a mi me erradicaban del entorno natural.

La mayoría de las chicas eran "niñas de papá" con las que yo no tenía nada que compartir, nada más que las instalaciones. Ellas tenían sus grupos de amigas en los que no podía entrar, por razones obvias, vivía muy retirada de su barrio y además la situación económica era totalmente opuesta. Para mis padres, a pesar de estar en situación de becaria, los uniformes, los libros, el transporte, etc., etc., les suponía un gran esfuerzo.

Ellos nunca supieron que esa decisión para mí no fué lo mejor.

A mis casi siete años llegaron a este mundo mis dos hermanas siguientes, gemelas además, por lo que pasé a un tercer plano.