31. oct., 2015

Y seguimos

Hoy, después de estar viendo a mi amigo José Luis, que está ingresado en la UCI y unas horas después,  pasar la tarde con mi madre, vuelvo a seguir contando algo sobre mi historia infantil y algo más.

Como dije a casa llegaron las gemelas y además como dice el refrán con un pan debajo del brazo.

Ese año por la lotería de Navidad, a mis padres les tocó el tercer premio. No sé cúanto fué, pero lo que si sé es que les ayudó a salir hacia delante, acababan de iniciar una nueva forma de tener otros ingresos, pues mi padre debido a su enfermedad ganaba muy poco y habían decidido utiizar dos de las habitaciones de la casa cogiendo huéspedes, en fín, resumiendo, montaron una pensión, donde no solo se alojaban cuatro hombres más en la casa, si no que se les preparaba desayuno, comida y cena. Se les lavaba la ropa, planchaba, cosía la ropa, etc., en realidad con esas personas que entraban en mi casa, se establecía una relación más allá del puro alojamiento, eran en muchos casos una parte más de la familia.

Por esta razón en mi casa, todas las manos que ayudaran eran pocas. En un principio mi abuela materna pasaba temporadas en casa, además de vivir tambien allí mi tía Ale. 

En una casa tan pequeña, porque lo es, vivíamos 11 personas.

En una cama mueble que era de un tamaño superior al de 0,90 dormíamos mi abuela, mi tía y yo. Siempre con los pies de las dos en mis narices. 

Esta situación en concreto no cambió hasta que murió mi abuela. Por lo que así pasamos 4 años por lo menos, luego así seguimos hasta que mi tía se casó. (por cierto tanto mi tía Ale como mi tia Pura, se casaron con ambos huéspedes que estuvieron en mi casa, pero esas son otras historias que merecen capítulo aparte).

Posteriormente a esa cama compartida pasaron mis hermanas. 

De mis hermanas me ocupaba algo, pero era demasiado pequeña y estaba mi abuela y mi tía para echar una mano y mi padre, que en la cocina, era el pinche.

En una ocasión, tenía una muñeca pequeña, que su cabeza era de cerámica, muy bonita y con su ropita para cambiarla, era una monería y me encantaba cuando llegaba del colegio de las monjas, cogerla y ponerme a jugar, hasta que un día, cuando voy a cogerla me la encuentro con la cabeza destrozada. Una de mis hermanas se la había cargado, anda que no lloré....

En casa los domingos siempre había gente, primos de mi madre, amigos de la familia, etc., y así de esa manera hacían compañía y se lo pasaban bien. 

En aquellas ocasiones, cuando a lo mejor estaban hablando de cosas que no debía oír o bien me mandaban a por algo al cuarto de mis padres o decían: "cuidado, que hay ropa tendida", esa ropa era yo, por lo que la conversación daba otro giro.

Llegó un momento en que cuando murió mi abuela, en casa se dió acogida a mi tio Julian, otro hermano de mi madre.

Seguro que os preguntareis y dónde dormía? Pues lo hacía en un sofá que alguien les dió a mis padres y lo hacía en el pasillo. Hasta el sofá tenía nombre, Mustafá. 

Para mí Julián era mi hermano mayor, me saca seis años, por lo que cuando yo era muy pequeña, me encantaba peinarle y jugar con él. 

Cuando tenía 10 ú 11 años mi tia Ale se casó y se marchó de casa. Vivían muy cerca de nosotros, por lo que con frecuencia ibamos a su casa a pasar la tarde y/o cenar con ellos.

Como era natural, en casa tenía varías obligaciones, por supuesto dejar mi cama hecha todos los días, pero los fines de semana eran los de la limpieza de la casa, hacer las habitaciones de los huéspedes, sus camas que no eran como las de ahora, colchones de lana que había que mullir y dejarlas bien alisadas y listas para la revisión. 

Los sábados bajaba con mi madre al mercado de Ventas donde subíamos cargadas como no os podeis imaginar, pues para tanta gente a la que dar de comer, había que abastecer bien. Menos mal que mi tio Julian, era el rescatador, pues bajaba a buscarnos y nos ayudaba a subir a casa con las bolsas. 

Otro día más