Valle de El Jerte

Ayuntamiento Piedrahita

Insistía una vez más en la posibilidad de ver el valle en flor.

Cuantas veces ya? Por lo menos cuatro.

Demasiado temprano en el tiempo de la salida de la floración. Aún así pude disfrutar de ese valle, tan bien estructurado y tan bonito. Otro momento será. No desistiré en el intento.

En la ocasión en que fuí con mi amiga Conchi, fué tambien una visita frustrada. Semana Santa, lloviznando, gran caravana para llegar, el cerezo ya sin flores, la lluvia se las había llevado. 

Lo mejor, la compañía y el regreso, que lo hicimos por el Valle del Tietar. Ahí no se necesitan los cerezos para admirar su belleza.

Volviendo al Jerte

No obstante lo anterior, el viaje y el entorno me permitió recordar tiempos pasados en esos lugares en los que transcurrió una buena parte de mi vida. 

Según nos acercabamos a Piedrahita al pasar por el desvió que indicaba Bonilla de la Sierra, rememoré cuando visitamos la iglesia que parece por su estilo una catedral en pequeño. Los paseos que hasta allí y a Mesegar se daba el abuelo Benito con su bici.

Siguiendo hacia nuestro destino pasamos por delante de San Miguel de Corneja, un pueblito pequeño, donde han vivido personas queridas por mi.

Cuando ya casi estamos entrando en el pueblo, vislumbras "Peña Negra" majestuosa corona que predomina el valle, desde donde se realizan vuelos en ala delta y en parapente. 

A la derecha al fondo está ese "Cerro de la Cruz", donde descansan las cenizas del entrañable Benito, vigilando su pueblo y a los que por allí pasamos. 

Ese mismo cerro es el fondo del cuadro de Francisco de Goya "La Vendimia", realizado desde el parque del palacio de los Duques de Alba.

En este pueblo han transcurrido muchos momentos de mi vida, gracias a los abuelos, la familia politica y a esos amigos con quienes allí pasabamos los días, puedo decir que en la balanza fueron más buenos que malos, salvo la excepción, que ahora no quiero mencionar, que quizás conseguía apagar lo bueno.

Al regreso pasamos por el pueblo de nacimiento del bisabuelo Román y también del pintor Benjamín Palencia. Este pueblo es Villafranca de la Sierra. 

La hora en que atardecía imprimía en los paisajes un colorido único, que lógicamente me hacía recordar los cuadros de este gran pintor.