Mis padrinos

Así me llamaban ellos: Esmeraldilla

Cuando nací, lo habitual era que se bautizara al recién nacido y que sus padrinos, si era el primer hijo, fueran los que apadrinaron a los padres en el día de su boda.

Teniendo en cuenta eso, les correspondía ser los míos a Pedro y Toni Moncholi.

Por circunstancias de esta familia, no estaban en Madrid cuando tenían que bautizarme (en esos años había unos tiempos religiosos que había que cumplir, para que si te morías no te quedaras en "el limbo).

Como consecuencia de ello, fueron mis padrinos, esos amigos de siempre de mis padres. Digo amigos de los de verdad. Fernando y Esmeralda. 

Principalmente la amistad venía por mi padre, ya que él y mi padrino habían sido amigos desde casi la adolescencia, compartiendo incluso lugar de trabajo.

Otra de las cosas por la que tengo que dar las gracias a mi padrino, es de que tanto mi madre como yo, estemos vivas.

Mi madre, debido a problemas cardíacos, tuvo un embarazo de los que hoy dicen "de riesgo". 

El caso es que cuando se puso de parto y la llevaron al hospital, el médico que tenía que atenderla, no estaba, el tiempo pasaba y la cosa se ponía cada vez peor. 

Como mi padre, por sus circunstancias de salud, no estaba para salir corriendo, fué mi padrino el que se fué a buscar al médico, que casualmente estaba en una cena. 

No puedo describir a ciencia cierta lo que pasó, porque todo esto me lo ha contado mi madre mil veces, pero la realidad es que llevó al médico y realizó la cesárea a mi madre, sacándome al mundo. 

Pero, esta no es la única vez que me sacó de una situación mala. La siguiente fué también en el hospital cuando nací. 

Habían puesto la cuna justo debajo del lavabo que había en la habitación y encima del lavabo, vamos en la pared había un gran espejo.

Pues ocurrió que cuando fueron a visitar a mi madre, vieron donde me tenían a mí y todo enfadado, apartó la cuna de ese lugar.  Parecía como si hubiera tenido una premonición, segundos después, se descolgó el espejo cayendo encima del lavabo todo a cachitos, desparramándose por todos los lados.  La conclusión es que si no me llega a quitar de ahí, lo mismo ahora no estaba contando mis cosas. 

Ellos no tenían más que un hijo "Fernandito" y por lo que sé no pudieron tener más. Por lo tanto yo era su niña querida. 

Como era natural, siempre esperaba con ansia la celebración de mis cumpleaños, me hacían unos regalos que me encantaban y eran de lo más cariñosos conmigo.

Hay otra cosa que no quiero que se me olvide mencionar, eran amigos auténticos, de los que no te abandonan ni en las alegrías ni en las penas. 

En mi casa a consecuencia de la enfermedad de mi padre, siempre había familia los fines de semana y por supuesto mis padrinos, ahí se contaban chistes, se hablaba en general y se comía.

Mi padre preparaba unos emparedados y unas sangrias excelentes, mi madre sus riquisimas tortillas de patata y croquetas, con lo cual todo era bien recibido.

Cuando a mi padre tuvieron que amputarle la segunda pierna, las cosas cambiaron y no digamos desde que murió. Las visitas gorronas fueron espaciándose hasta que desaparecieron, excepto mis padrinos. Todos los domingos pasaban por mi casa y hacían compañía a mis padres. Ahí quedó demostrado quienes eran los auténticos, los verdaderos. 

A mis 16 años, me llevaron una Semana Santa con ellos a Castro Urdiales (Santander). Conocí Burgos y lo más y mejor, vi el mar por primera vez. 

La anécdota del viaje fué que cruzamos el puerto del Pico con un Renault 4/4, con una nieve y niebla que no se veía por donde iba la carretera, además se estropeó un limpiaparabrisas y ya fué el colmo.  Pero llegamos y pude disfrutar de todo eso que me aguardaba al otro lado de la montaña. 

Allí en Castro conocí a esa familia tan extraordinaria que eran amigos de mis padrinos y que se desvivieron por enseñarme y llevarnos a todos esos sitios que debería conocer, Santander, Santurce, Laredo..... 

Otra cosa importante, cuando mi padre falleció, yo no era una niña, tenía 29 años, no obstante, echaba de menos a las conversaciones con mi padre, a sus cosas a la vida con él, pero ahí estuvo mi padrino, pendiente de mi, me llamaba para ver como estaba, contarle cosas de como llevaba la vida....., venían a casa en fín ni me abandonaron a mi ni a mi madre, tambien seguían con la costumbre de ir a verla. 

Como le gustaba beber vino tinto, mi madre siempre tenía en casa para él, para que se bebiera un chato mientras la acompañaban.

Después a los poco años de la marcha de mi padre, él también se fué. Quedó mi madrina y yo mantuve el hábito de visitarla o llamarla. 

Cuando ya estaba con su Alzheimer, aparte de a su hijo, a la única que reconocía cuando Fernandito la decía que iba a pasar a verla era a su "ahijada".

Al cabo del tiempo también se fué, acompañada de su hijo que estuvo con ella hasta el final.

Qué me han dejado de herencia? Todos esos momentos maravillosos que me dieron, la vida de mi madre y la mía propia, su gran cariño y como colofón su hijo, hoy mi compañero de vida. 

Mi madrina siempre decía que porqué no nos habíamos casado nosotros, cuando eramos jóvenes, claro. Pero mira por donde, hoy al cabo de los años hemos ido a encontrarnos, después de nuestras respectivas vidas independientes una de la otra. 

Hace ya 17 años que comenzamos este camino....., pero esa es otra historia que algún día contaré.