Ratoncita de biblioteca

Últimamente me ha dado la ñoñería de los recuerdos y no es que me obsesione, pero está claro que es lo que ya pasó, lo que puedo contar y trasmitir sobre todo a mi familia y/o amigos, porque es evidente que es lo que me sobrevivirá.

Hoy voy a escribir de algunas cosas que de pequeña (contaba con diez años) me pasaron.

Mis padres consiguieron que me dieran una beca para estudiar en un colegio de monjas que tenían mucho prestigio. Era un colegio de y para señoritas. 

Pongamonos en situación: 

Año 1960, colegio al que iban hijas de militares, de terratenientes, etc., etc., donde una de las asignaturas, aparte de la de la costura, evidentemente. Había una de Urbanidad. 

Ese tipo de enseñanza hoy no vendría nada mal, porque ciertamente, hay algunas cosas que convendría enseñar a los niños, aunque principalmente eso se tenga que hacer en las casas de cada uno, pero reforzarlo en los centros educativos no estaría de más.

En esa asignatura aparte de las buenas manera y buenos modales, nos enseñaban como colocar los cubiertos en una mesa, la distribución de las copas, los platos, etc.,  Cómo poder pelar la fruta, sin tocarla con las manos...., en fín preparaban a las niñas para estar en una sociedad que no era la mía. La primera vez que se me ocurrió en casa, pelar un plátano con cuchillo y tenedor, mis padres se partían de la risa, pero eso era lo que había.

De las cosas de este colegio ya hablaré otro día, hoy me voy a centrar en varias anécdotas que me ocurrieron. 

- Mi madre me ponía un bocadillo en la cartera para que al volver por la tarde, me comiera la merienda.  Ya os dije en una ocasión que era muy mala comedora, o sea que no comía casi nada, solo lo que me gustaba. A veces me ponía quesitos y pan, otras mortadela o lo que fuera oportuno. 

El tiempo que transcurría desde que salía del colegio, cogía el bus y llegaba a casa, venía a ser de una media hora, si el tráfico era fluido, así que se suponía que me tenía que dar tiempo de sobra para comerme el bocata. 

En una ocasión, no sólo no me comí el bocadillo, si no que cuando llegaba a casa no quería aparecer con él, así que ni corta ni perezosa, lo tiré por debajo de una puerta de esas de madera que había en una marmolería, una esquina antes de llegar a mi casa. 

La mala suerte quiso que no quedara el bocata muy dentro del almacén y más mala aún fué que mi madre, cuando regresaba a casa con  mi padre, vió asomar algo debajo de esa puerta y le dijo: "ese bocadillo es de tu hija" y con esas subieron a casa. 

Nada más llegar mi madre se fué hacia mí a preguntarme que si me lo había comido y claro, dije que sí, pero claro lo siguiente fué: "y ¿ de quien es el bocadillo que hay debajo de la puerta de la marmolería?".

¡Glup! tierre trágame! los colores se me subieron a la cara y claro, fué la prueba incriminatoria de mi falta.  Y es que esta claro que en mi casa no sobraba el dinero y ahí estaba la niña, tirando la comida. 

Y ahí no queda la cosa. 

Como os he mencionado antes tambien me ponían quesitos, que no me comía, ahí se quedaban en la cartera, espachurrandose, manchando todo y al final con un olor que desprendía la cartera, que llamó la atención de mi madre y otra bronca...

Aparte de estas "pequeñeces" me encantaba hablar y contar películas y al pobre conductor que le tocara hacer la ruta cuando iba yo en el autobús, le tenía loco, ya todos me conocían.

Un día en que mi padre estaba en el bar de debajo de su casa con los amigos del barrio jugando al dominó, oyó a un señor que hablaba de una niña que llevaba a veces en el autobús y que era la monda, que le contaba todas las películas habidas y por haber. En ese momento mi padre intervino y le comentó, esa es mi hija seguro. El conductor se quedó un poco sorprendido y además no quería haber molestado a nadie. Pero no fué así una vez que si estaba seguro de que hablaban de la misma personita, sirvió de risas y comentarios como vaya niña que tienes, no para de hablar....

Me llegaron a llamar la "ratoncita de biblioteca.