Por tierras gallegas

En un momento dado de mi trayectoria como comercial de la empresa en la que trabajaba, me asignaron las zonas de Galicia y Asturias. 

Anteriormente, solo tenía que ir a Galicia para ver a dos clientes, por lo tanto marchaba a tiro fijo y ya me sabía el camino sin problemas, pero cuando me tocó empezar a visitar clientes o para hacer otros nuevos, la cosa era distinta. 

No conocía nada y no tenía muy claro el camino por el que debía de ir para llegar bien, también es cierto que había algunos que estaban en lugares bastante escondidos. 

Vaya frustración cada vez que pasaba y pasaba por polígonos o por los lugares donde estaban y no daba con ellos, o cuando te dirigías por una autopista para ir a determinado lugar y porque habías visto antes el letrero que indicaba como llegar, encontrar al cliente por fín y luego darte cuenta que a escasos 10 minutos estaba la población donde había estado antes. 

Cuando tenía que subir allí, primero era casi una mañana de ruta hasta llegar a la primera visita y luego lo que he dicho antes, no perder demasiado tiempo, para poder visitar a cuantos más mejor. 

Lo que voy a contar hoy es una de las muchas cosas que me pasaron. 

Ese día en concreto (un 19 de Marzo) llovía como nunca había visto y precisamente tenía una cita con un cliente a las 8 de la noche, para dar un curso a sus asociados y por supuesto recoger pedido para compensar el viaje. 

Para llegar allí, ya me costó lo mío, no tenía GPS con lo que todo era parar y preguntar, llamar a la secretaria del cliente y preguntar, meterme por una carretera llena de curvas y arboleda, pensando... iré bien?

Debía de ser precioso, salvo que con la lluvia, que estaba anocheciendo y con los nervios de no ver bien el camino, no podía fijarme en nada. 

En conclusión, llegué a tiempo para la cita, tuve mi reunión, dí el curso y ya eran casi las 11 de la noche, cuando el presidente de la asociación, dió por concluida la reunión y puerta.

El coche lo había dejado aparcado justo encima de un desague de la carretera, que debido a que el río se estaba desbordando, el agua me llegaba casi al borde de la puerta del coche, es decir, metí el pie en el agua y para dentro, calada por todos lados y vuelta de regreso al hotel. 

Me perdí varias veces dando más vueltas que una peonza, sin llegar a encontrar el camino de retorno. 

A todo esto, como es natural no había cenado y no había ningún sitio donde parar para tomar algo, o por lo menos no lo ví. 

Deseaba llegar al hotel como fuera. Afortunadamente conseguí encontrar el camino y tuve la suerte de entrar por la puerta cinco minutos antes de las 12, que era cuando cerraba la cafetería. 

La camarera estaba toda preocupada por mí, pues durante mi estancia siempre cenaba allí y no sabía si dejarme un sandwich en la habitación, por si venía con el estómago vacío, así que después de todo, cené lo que me había preparado y a la cama, eso sí con una sensación de ineptitud que no me cabía en el cuerpo. 

Pero no obstante, esa no es la única aventura, eso de perderme por Galicia, era mi especialidad.