Rojo intenso

Presumiendo

Desde muy pequeña me ponía los zapatos de tacón de mi madre o de mis tías (creo que como todas las niñas).

Efectivamente deseaba con todo mi corazón que llegara el día en que pudiera ponerme unos zapatos de tacón.

Como era muy insistente y pesada, por fín a mis 13 años, me compraron mis padres los primeros tacones de mi vida. 

Con esa ilusión, no pasaba día en que no me los pusiera y claro, aún era una cria, por lo que me gustaba estar con mi pandilla en el parque y en cierto día que fuí con mis padres y hermanas al parque, me reuni con mis amigos y mira por donde nos pusimos a jugar al látigo, y se dió la circunstancia que en determinado momento en el que iba la última en la fila, llevaba ya una buena velocidad corriendo, cuando, "zas" tropiezo con una piedra y me arranqué de cuajo el tacón de uno de los zapatos..... 

Vaya disgusto, primero por la rotura y segundo por ver cómo se lo tomarían mis padres, zapatos nuevos y tacón destrozado. 

Con todo esto, ya llegó el momento de volver con mis padres para ir a casa y ahí venía el problema, ¿cómo aparecía con el tacón en la mano?. 

El caso es que volví andando como si llevara los zapatos bien, pero claro, de alguna manera cojeaba algo y mi madre, que no se le escapaba casi nada, solo lo que ella quería, se dió cuenta y claro, bronca al canto. 

No obstante ese fué mi principio de taconeo.

Siempre he ido con tacones, de hecho, siempre he sido reconocida en la calle, en el trabajo y últimamente en la residencia de mi madre;  sabían cuando llegaba por mi forma de andar.

Aún sigo con ellos, pero claro, ya no puedo llevarlos que sean muy altos. 

En una boda a la que fuí llevaba unos zapatos preciosos, azul cielo con un tacón impresionante, pero claro, después de salir de la iglesia, me los tuve que quitar y ponerme unos más normales, pues luego venía la cena y baile, así que fuera taconazos para poder disfrutar.

Otra anécdota es la de la vez en que me presenté en el trabajo con un zapato de cada color (uno verde y otro azul) y hasta el medio día, en casa de la que luego fué mi consuegra, que se dió cuenta de la confusión. El caso es que cuando me los puse, algo noté, pero fué por la altura, uno era medio milimetro más alto que el otro, pero casi imperceptible. 

Eso ocurria por tener un gusto muy similar en cuanto al tipo de zapato.

En otra ocasión, fuí con mi madre a comprarme unos zapatos y un bolso. Con lo que me gusta el rojo, terminé con zapatos y bolso del mismo color, a pesar de los años transcurridos, me los compró cuando tenía 16 años y no me olvido nunca del diseño de ambas cosas. 

Si ibamos al campo, siempre con tacones, fuese donde fuese, bien zapateada.