En el bus hacia la nieve

Vistiéndonos para la ocasión

SUECIA

Por razones de trabajo, tocaba ir a Suecia para un curso de formación. 

Era en el mes de Enero, recien pasadsas las fechas de Navidad y Reyes. 

Con lo friolera que soy, no dudé en prepararme bien para no quedarme tiesa. Así que camiseta térmica, leotardos de lana para debajo del pantalón, jerseys de cuello alto, bufanda, gorro, etc., de todo.

Estos suecos, son personas la mar de previsoras, así que cuando entré en mi habitación, encima de la cama tenía, mi gorro de lana, bufanda y guantes, todo haciendo juego y con la marca de la empresa. Genial.

Pero claro, soy una coqueta empedernida y el primer día que llegamos allí, nos ibamos a cenar con los organizadores del curso y yo salí con mis zapatos de tacón, mis medias, etc., etc., 

Al salir, estabamos a 0 grados, había nieve por la calle y algo de hielo, pero no obstante, no sufrí ningún percance ni caida. 

Cenamos en un restaurante japonés y todos sentados casi en el suelo, qué complicado, por favor. Como  mis conocimientos de inglés eran más bien nulos, procuraba sentarme junto a otros compañeros con el mismo nivel de sabiduría que yo, o con qiuen si sabía, por lo que por lo  menos me enteraba de algo de lo que se hablaba. 

Al día siguiente, nos recogieron para llevarnos a la fábrica y yo, como os podeis imaginar con más ropa que una cebolla. 

Lo bueno empezó cuando llegamos a las instalaciones, subimos a las oficinas y entónces empecé a pasar calor, calor, tanto que en una visita al lavabo empecé a quitarme ropa y me quedé tan agusto.

Luego vino el momento de "disfrazarme" para hacer las prácticas en unas máquinas y lo cierto era que para los carnavales estaba ideal. El mono que me dieron, enorme, las botas de trabajo, más grandes todavía, y es que era lo natural, soy pequeñita y los suecos, enormes, no había nada que se acercara lo más mínimo a mi tamaño.

Ese mismo día, antes de llevarnos al hotel, nos pidieron que dejaramos nuestros números del calzado, sin decirnos para qué los querían. 

A eso de las cuatro de la tarde (que allí ya era de noche) nos recogieron en un autocar y sin decirnos el destino, allá que subimos todos.

Después de un largo trayecto, por carreteras llenas de nieve, llegamos a una estación de esquí, aviso de que ya era noche cerrada, y allí nos dicen que vamos a poder esquiar, tendríamos un monitor y todo el equipamiento para poder deslizarnos por la nieve. Para eso querían saber el tamaño de nuestros pies....

Los que sois expertos en estas lides, ya sabeis que las botas para la nieve, son muy ajustaditas al pié, tanto que a mi me tuvieron que dar otras con un número mayor, pues las primeras no había quien las abrochara.  Menos mal que un sueco muy majo y servicial, me ayudó a ponermelas. 

Nos quedamos tres personas rezagadas con todo el tema del calzado y lo sorprendente vino cuando llegamos a la pista. Había que lanzarse por ella como si fuese una boca de lobo, solo había un tramo con luz, el resto la oscuridad más penetrante que os podais imaginar, bueno, eso era lo que a mi me parecía. 

Menos los tres que nos quedamos atrás, todos los demás ya se habían lanzado después de recibir las instrucciones pertinentes. 

Por mi parte, después de que me pusieran los esquis, no se qué me pasó que al intentar deslizarme, quedé colocada de espaldas a la pista y ahí, me dije, por ahí no bajo ni loca. Me dejé caer al suelo y cuando me ayudaron a ponerme en pie, me quité los esquis y se acabó la experiencia, me fuí al bar con los otros dos y a disfrutar de otra manera....