Cuando cumplió los 34

DESPERTARES

Hay personas que son dormilonas por naturaleza y les cuesta abrir el ojo. 

Por ejemplo a mi, me es imposible echar el pie de la cama en cuanto suena el despertador, tengo que ponerlo con la suficiente antelación, como para que me de lugar a vaguear antes de levantarme y aunque me quede traspuesta, no dejo de estar pendiente del reloj para no dormirme profundamente. 

Cuando vivía con mis padres, a la hora de despertarme, mi padre daba un golpecito en la puerta para decirme "arriba" y yo me arrebujaba un poco más en la cama esperando a que dejara de sonar la maquinilla eléctrica. Esa era la verdadera hora de salir de la cama. Había solo un lavabo, por lo que los dos a la vez no podíamos estar aseandonos, así que era mi excusa perfecta para remolonear.

Ahora bien, hay personas que cuando se duermen, no hay manera de despertarlos, les llamas, te dicen "voy", les vuelves a llamar y tienes la misma respuesta o incluso se incorporan en la cama y luego se vuelven a quedar fritos. 

Esta anécdota que voy a contar ocurrió siendo mi hijo Paco muy pequeño, no tendría más de tres años. 

Estabamos en casa de los abuelos en Piedrahita pasando el verano. Un día en concreto, nos fuimos nosotros a dar una vuelta por Salamanca, pero con la idea de volver a casa a comer. 

El caso es que cuando regresamos, la abuela tenía la cara un poco como de disgusto, en general en la mesa había un aire como de enfado,  pero nadie decía porqué. Comimos y ya al acabar la pregunté directamente que si le pasaba algo y ahi vino la explicación de lo que había ocurrido. 

Los niños se habían quedado en casa y los tres mayores se había bajado a la calle a jugar, quedándose Paco con la abuela en casa.

En un momento dado, llamaron a la puerta y eran unas gentes desconocidas, pidiendo. 

Al rato de haber cerrado la puerta, la abuela se dió cuenta de que hacía algún tiempo que no oia ni veía a Paco. 

Comenzó a llamar y nada, buscó por todos los lados de la casa, con el mismo resultado, el niño no estaba. 

Podeis imaginaros la angustia de no saber qué había podido pasar con él. LLegó a sospechar que en un descuido el niño se podía haber ido con los que habían llamado a la puerta. 

Cuando llegó el abuelo de dar su paseo matutino, inmediatamente salió por el pueblo a la busqueda del niño, movilizó a sus amigos y todo el mundo preocupado y mirando por todos lados.

En un momento dado, una vecina preguntó que si habían mirado debajo de las camas, a lo que la abuela dijo que sí y que no estaba. Entónces la vecina empezó nuevamente a buscar por debajo de ellas, hasta que, allí apareció, en el último rincón debajo de la cama donde él dormñia, pegado a una esquina de la pared y frito, frito. 

La abuela tiró de la pierna y le sacó, con la consiguiente reprimenda, pero lo cierto es que el niño no era culpable de nada, simplemente se tumbó y se quedó profundamente dormido. 

Al día de hoy, ya con sus 36 años, le pasa más o menos lo mismo. Como llegue a su casa y se tire un momento a echar una cabezada, ya no hay quien le despierte. Por lo que en casa cuando a veces no sabemos de él, pensamos directamente que está durmiendo.